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Don Villa: El último Potrero

SEPTIEMBRE | 2013

La historia de Juan Carlos Villarroel, un hombre que entregó su vida a formar y ayudar chicos a partir de la pelota. Fue el fundador y principal dueño de lo que en la zona se conoce como El Último Potrero.


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Allá lejos y hace tiempo, mientras iba a jugar a una canchita de la calle Olascoaga en la ciudad de San Rafael en Mendoza, un linyera lo bautizó con el apodo que marcaría su vida para siempre. Tranco de león, le dijo, debido a su particular forma de caminar.

Juan Carlos Villarroel dedicó respiró fútbol toda su vida. Como jugador, arquero él, integró la Primera División de Huracán de San Rafael y hasta se dio el lujo de marcar un gol de arco a arco frente a Deportivo Argentino. Como hincha, fue uno de los fundadores de Corazones del Globito, la banda que acompañó a su club durante los Nacionales de 1974 y 1981.

"Para vivir en Pueblo Diamante hay que acreditar fehacientemente condición de hincha del Globo o prestar juramente de fidelidad a la bandera azul y oro" decía.

Ninguno de esos dos hitos son los que motivan a contar su historia. Juan Carlos Villarroel, Tranco de León o Don Villa, como prefieran decirle, fue el fundador y dueño de, lo que según dicen los coterráneos, es el último potrero que queda en pie.

Nació en 1927, pero su vida dio un giro ocho años después, cuando junto a sus hermanos -los nueve que tenía- lograron convencer a sus padres de transformar parte de la finca familiar en una cancha de fútbol. De esa forma, el paisaje de frutales fue reemplazado por uno bien futbolero, de arcos y tierra.

El tiempo pasó y se hizo notar. De la manzana original que ocupaba la mencionada finca quedó poco, es más, casi nada, solo la vieja casona y una parra. Todo cambió, todo mutó, todo se transformó para bien o para mal, pero él siguió ahí, firme junto a su potrero.

"La idea de hacer el potrero nació porque toda la vida me gustó tener chicos jugando ahí"

Don Villa no se conformó con quedarse pateando solo contra el arco y su arquero invisible, no. Abrió las puertas de su casa e invitó a todos los chicos de la comuna a jugar.

De a poco la canchita ubicada en Centroamérica e Independencia, pleno barrio Diamante, se volvió una cita obligada para todo aquel que le gustase el fútbol. Día a día, un promedio de 160 chicos pasaban por ahí y jugaban, simplemente jugaban.

"Un día tiré una pelota y vino un chico, y después otro y otro. Es algo que se repite hasta el día de hoy". Le contaba a los medios locales hace un tiempo atrás.

Como era de esperarse, tanta masividad y popularidad obligó a que los clubes de la zona pusieran sus ojos en el potrero y lo tomaran como un gran semillero. El Tranco los acercaba a su querido Huracán - dónde también había sido DT de inferiores-, pero otros venían por motus propio. Muchos chicos crecieron, siguieron una vida profesional en equipos como Lanús, Estudiantes o incluso en el fútbol de Portugal. Sin embargo, eso no era lo importante.

Él tenía otra misión, algo que iba más allá de que jueguen bien al´fútbol. Trabajaba en la dirección del menor - hoy DINAF- y su tarea social era enorme. No solo se preocupaba porque el chico estuviera bien, sino que estaba pendiente de las necesidades, urgencias y problemas de la familia de cada uno de ellos.

A lo largo de los 60 años en los que formó jóvenes, Villarroel enseñó oficios, consiguió trabajos y hasta pagó lo estudios de quien lo necesitara. Alejó a muchos nenes de la calle, les mostró un camino diferente y los hizo crecer como personas, todo a partir de la pelota y sin ver un peso por eso.

"Un chico, que ahora juega en un club importante, siempre me agradece que lo sacara con el fútbol de potrero de los malos hábitos y la delincuencia. El deporte les cambia la vida. Cuando los veo así trato de sacarlos de lo malo y traerlos para acá"

Nunca se casó, ni tuvo hijos y hasta fue perdiendo a su familia original con el paso del tiempo. No estuvo solo, fue el padre, hermano, amigo y confidente de más de cinco generaciones de chicos que, aún de grandes, siguieron visitándolo y compartiendo un rato con él cada vez que podían.

Dedicó su vida al fútbol y su potrero, porque sí, porque siempre puso al otro por encima de él mismo y entregó lo mejor de si para que los demás pudieran vivir su sueño. Sabía que su misión en este mundo era mucho más grande que su persona.

Don Villa dejó de existir el mediodía del miércoles 29 de mayo del 2013. Sin avisarle a nadie, y para ganarle de mano a una enfermedad terminal que lo aquejaba, cruzó la mitad de cancha hacia uno de sus galpones y se quitó la vida. Ahí, frente a su potrero, lo último que vieron sus ojos.

Vía: @sebmaguilera


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