
Autor: Juan Sasturain
Libro: El día del arquero
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DE PIBE, uno es arquero por vocación o por descarte: "Atajo yo" o "Vos, gordo, andá al arco". Pero predomina el descarte o el negociando ir y venir de incesantes arqueros siempre renovados: "Viejo, un gol cada uno… Ahora te toca a vos". Es decir que la vocación pateadora es primeriza, natural, instintiva. La atajadora, no. La primera tiene que ver con la ardorosa actividad infantil, la participación directa sólo limitada por el grado de iniciativa para correr como un desaforado detrás de la pelota. La arqueridad, en cambio, se vincula a un cierto grado de madurez. El que ataja es porque ha vivido. Aunque sea un poquito. Y vivir es tener conciencia de la malaria –entre otras cosas–; trascender el juego y asumir que se puede perder: el arquero apuesta siempre y no tiene empate. Tanto el gordito que se banca las puteadas porque no le salió al habilidoso que venía con pelota dominada, como el vocacional que la perdió en un lujo y también es masacrado sin piedad, ambos aprenden de salida eso de "el puesto más ingrato". Como el referí, el arquero suele ser bueno cuando pasa inadvertido, cuando hace fácil lo difícil, cuando simplifica. Se repara en él cuando se equivoca y su error no es suyo solamente: todos los demás lo pagan por él y él paga por todos. Pobre, maneja culpas. La figura en el marco El arquero está bajo el arco de triunfo, bajo las maderas de la horca. Enmarcado, listo para el fusilamiento o el paspartout de la gloria, el arquero es el único protagonista trágico del fútbol. No tiene ninguno de los yeites que suministra el respiro, la borrada ocasional de tirarse un rato a la punta o devolverla rápido, como los volantes y delanteros. El arquero, no: los postes son muy finos para esconderse, la red es transparente… No es casual que en los "Grafodramas" de Medrano –aquella memorable tira gráfica unitaria de "La Nación"– los motivos deportivos fueran casi siempre protagonizados –agonizados– por el arquero: balinazo en el travesaño, pique en falso, fogonazo de fotógrafo enceguecedor. Porque hay una verdad espantosa: los goles se los hacen al equipo, pero el vencido es el arquero. Y fíjense si no: hay un premio para el goleador pero no para el hombre del arco… Los goles los hace uno, la valla menos vencida la defienden todos. Que el arquero suele ser el hijo de la pavota está demostrado por la iconografía deportiva de todos los tiempos: los suplementos de los lunes se ufanan en mostrarlos en posición botella de jardín, abrazados a un palo como a un rencor, tomándose medidas para hacerse gorras… Alguna vez, si no es cuando atajan un penal definitivo, ¿se ve a un guardavalla abrazado, abrazador, sonriente o colgado del alambrado? Never, never. El arquero, masoca vocacional, listo para la crucifixión, es –además– el "culpable" del no gol y, casi siempre, el sospechable responsable del gol convertido. Como a Pascual Angulo, la rima; el arquero la culpa lo persigue.
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